Reconceptualización del género: a debate la abolición de las categorías de sexo mujer-hombre

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Sí, mire, señor entrevistador: la tarea de escritura de este libro fue sencillísima, si es a esto a lo que se refiere. Un buen día, las tripas empezaron a protestar, ¡qué modales, eh! Me atiborré de todo aquello que, por mi naturaleza, me convierte en mujer: una pizca de aquel impulso irrefrenable por realizar las tareas domésticas, aquel instinto maternal que produce y reproduce la norma, aquellas ansias sexuales incontrolables tan propias de nosotras –ya sabe de lo que le hablo–, mis tendencias de enamoradiza sensible y enfermera, y bueno, un toquecito de crítica feminista, que hoy es lo que se lleva. Ni me lo cuestioné, sin duda aquellos eran los ingredientes esenciales –por mi esencia invariable, digo. Mi barriga creció y creció, hasta que parí el libro, envuelto en su placenta aún calentita. Recién salido de mis entrañas. Por supuesto que me sentí dolorida, pero para nada era aquella sensación de mareo de después de haber estado pensando noche y día sobre dónde ubicar cierta palabra para que todo fuera coherente, para que sentido y forma fueran uno. No, no, sin duda fue un parto natural y sin complicaciones.

Absurdo, ¿verdad? Pues así de desatinada debió de sonarle la pregunta “¿Usted escribe literatura femenina?” del entrevistador a aquella escritora, aunque solo contestara de manera diplomática que prefería no participar de esta categoría. Este tipo de preguntas son consecuencia del sistema de enunciabilidad occidental, como lo denomina Foucault, que funciona como una especie de gramática de lo que puede ser dicho y lo que no, y que, además, da forma a nuestra realidad (Foucault, 2002: 220). La idea occidental de <<lo humano>>, como sugiere Monique Wittig, solo envuelve “a una minoría de personas: los hombres blancos, los propietarios de los medios de producción, y los filósofos, que desde siempre teorizan su punto de vista como si fuera exclusivamente el único posible” (Wittig, 1992: 73). Así, lo masculino se convierte en lo universal, en lo general, y de ahí nace esa necesidad de manifestar que perteneces al Género, el femenino, que es el único que existe verdaderamente porque es el único que exige de una concreción. Este suceso con el que han tenido que lidiar gran parte de las escritoras nos proporciona una oportunidad para iniciar una vía de reflexión acerca de los roles de género y de la rompedora propuesta de Wittig en su estudio El pensamiento heterosexual y otros ensayos (1992), que es, ni más ni menos, que abolir las categorías de sexo hombre-mujer. Sin embargo, yo me pregunto, ¿son realmente las categorías de sexo hombre-mujer el corazón del problema? ¿Es una posibilidad tangible abolir este binomio de identidades dicotómicas?

Nuestros archivos culturales están colmados, aunque sea de forma muy sutil, de referencias a los roles de género que se fundamentan en el pensamiento de la diferencia y la dominación. Asimismo, estos son la base del <<mito de la-mujer>> del que habla Wittig siguiendo las líneas de Simone de Beauvoir, quien afirma muy acertadamente que

No se nace mujer, se llega a serlo. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esa criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica como femenina. (Beauvoir citada en Wittig, 1992: 32)

Es decir, que las mujeres hemos sido víctimas de una manipulación que nos ha convencido de que formamos parte de una <<clase natural>> que debe cumplir con un fin biológico, psicológico o económico para procurar la supervivencia de esta sociedad de orden heteropatriarcal, en lugar de dar hincapié a los procesos históricos y conceptuales que nos han convertido en una <<clase social>> oprimida y explotada; que nos han relegado a la esclavitud y a la sinrazón.

Todo esto se remonta a la tabla de contrarios de Aristóteles en que se asocia el varón con el Ser, el Uno, la luz y la razón, y a la hembra con el No-Ser, la división, la oscuridad y el salvajismo (1992: 75), lo que colocó a las mujeres en un estadio presocial y de Otredad que la inhabilita para la esfera pública. Eso significa que tan solo el hombre, el sabio, podía ejercer como guía de la sociedad, pues gozaba de las competencias para proteger al pueblo y, a diferencia de la mujer, era autónomo e independiente. Sin embargo, una rápida revisión del fantástico liderazgo que llevan a cabo las mujeres presidentas hoy en día –Finlandia con Sanna Marin, Alemania con Angela Merkel o Nueva Zelanda con Jacinda Ardern, entre otras– demuestra que esta incapacidad para gobernar es tan solo una maliciosa construcción social que nos humilla y devalúa. De esta manera, que cierta escritora hubiera proclamado escribir literatura femenina hubiera supuesto para ella la pérdida de su agentividad como sujeto, pues su obra hubiera sido fruto de su esencia invariable y, por supuesto, su producción literaria habría perdido su valor como texto universal con su inherente potencial renovador para convertirse en una especie de manifiesto o de manual comportamental para <<la-mujer>>.

Sin embargo, se debe subrayar que este contrato social heteropatriarcal que encuentra, en una analogía, su razón de ser en la obra de Rousseau es tan solo una construcción occidental. Con esto me refiero a que es estrictamente necesario que tengamos en cuenta que esta opresión que encadena el sexo femenino es resultado de las relaciones sociales que se han dado en occidente a lo largo de los siglos, y que, como sugiere la reconocidísima antropóloga Sherry Ortner en su breve pero mimado estudio “Entonces, ¿es la mujer al hombre lo que la naturaleza a la cultura?” (2006), existen otras comunidades donde se mantienen las categorías de sexo mujer-hombre y que su sociedad se podría considerar equitativa e igualitaria, como por ejemplo, en diversas comunidades nativas de las Islas Andamán de la India, los wana de Sulawesi Central o los meratus de Kalinamtan, ambas pertenecientes a Indonesia. A pesar de que hay determinados elementos en que impera la autoridad masculina, la sociedad no se organiza a partir de una jerarquía de poder en que tienen predominancia los hombres. En cuanto a los roles de género, muy pocas actividades se ciñen tan solo a los hombres por el mero hecho de ser hombres, y muy pocas se limitan a las mujeres por ser mujeres (Ortner, 2006: 14). Por lo tanto, existen las categorías de sexo, pero estas no son opresivas ni asfixiantes. Los sujetos no forman parte de una <<clase natural>> a priori del contrato social, como se nos ha hecho creer en occidente, y no deben responder a una lista de obligaciones que se nos han impuesto y que la sociedad ha adoptado sin ninguna suerte de consenso. Su orden social, político y económico no violenta a la mujer, pues no se construye como la esclava del hombre y, por extensión, de la sociedad, ya que no se concibe la idea mordaz de que una mujer es mujer por cierta esencia genética e invariable que nos relega a un estadio presocial ligado a la naturaleza y la reproducción. 

En conclusión, parece ser que la causa de la opresión ejercida para con las mujeres no yace en la presencia de unas categorías de sexo hombre-mujer, sino en el pensamiento de diferencia y de dominación sobre las que se han fundado; porque si no existe diferencia, no existe Otredad, y si no hay Otredad, no hay dominación. Asimismo, abolir estas categorías no puede percibirse como una alternativa eficaz para aniquilar la opresión, pues, según mi parecer, lo que debe hacerse es luchar para conseguir una transformación en la jerarquización de la sociedad y una resemantización de las categorías de sexo. Lo que quiero decir es que si se abolen ciertas categorías, el problema real, que son las relaciones sociales que han construido el imaginario de lo que debe ser una mujer en occidente, pervivirá y no seremos capaces de huir de este sistema que nos oprime. Porque, aunque el lenguaje cree realidad, en este caso es el contenido y no el continente lo que teje esas fuerzas de opresión. Eso no significa que no tenga que haber ninguna modificación en las categorías de sexo: estas deben ser más inclusivas y añadir una tercera identidad que acoja las personas que no se identifican con ninguno de estos géneros tradicionales, es decir, las personas de género no binario, al igual que lo hacen muchas otras comunidades nativas. En definitiva, el objetivo no debe ser romper todo lo construido, sino luchar y trabajar para que se dé un cambio de paradigma en que los sexos se dejen de percibir como una esencia invariable y capacitista del sujeto, como un algo natural; se debe borrar el discurso psicoanalista que nos adjudica ciertos patrones como si estuviéramos programados genéticamente, y se debe educar fuera de los roles de género para provocar un desbarajuste en el orden social heteropatriarcal impuesto. Este es el reto y este debería ser el proyecto nacional-occidental, pero, ¿estamos los occidentales dispuestos a ello?

FUENTES UTILIZADAS

Foucault, M. (2002). La arqueología del saber. México: Siglo veintiuno editores.

Ortner, S. (2006). Entonces… ¿es la mujer al hombre lo que la naturaleza a la cultura?”. AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana, 1, (1). http://www.aibr.org/antropologia/01v01/articulos/010101.pdf

Wittig, M. (1992). El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid: Editorial EGALES.

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2 Responses

  1. Sempre agradable de llegir, tant pel contingut com per les formes. Enginyosa, culta, sensata, directa i elegant.
    Espero en un futur poder llegir un llibre teu!!😉

    1. Moltes gràcies Oriol! Sempre és reconfornant llegir paraules plenes d’afecte. Esperem que segueixis gaudint dels nostres articles com nosaltres del teu recolzament!

      Pel que fa al llibre… Encara queda temps!

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