Byung-Chul Han: lo vacío de lo bello digital frente la interioridad de lo bello natural

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Lo pulido, lo liso, lo terso parecen ser la marca identitaria del siglo XXI. De hecho, Byung-Chul Han, uno de los filósofos más influyentes de nuestra época, considera que justamente eso es lo que une la obra de Jeff Koons con la depilación y los smartphones. Durante esta pandemia, lo hemos podido oír  hablar en varias ocasiones sobre el capitalismo y de cómo la positividad pura daña los ánimos de nuestra sociedad. Siguiendo el mismo hilo, os presentamos La salvación de lo bello (2015), una reflexión sobre el concepto de la belleza en la actual era del consumismo.

En esta publicación exagerada y discursiva, que por su título, promete darnos una solución, llegamos al final aún más perdidos y confundidos. A pesar de la tranquilidad del filósofo, la situación ralla lo alarmante: el arte pulido, el que se practica hoy en día, ha sido despojado de toda interioridad, de todo sentido, y no suscita la menor reflexión al espectador. Somos los acólitos de la cultura del “me gusta”. Así, al terminar la apasionante lectura, sentimos aún cierta intranquilidad en el estómago: ¿quién necesita salvarse, lo bello o nosotros?

El texto empieza citando a Roland Barthes en su destacado estudio Mitologías (1957): “Como se sabe, lo liso es un atributo permanente de la perfección, porque lo contrario traiciona una operación técnica y profundamente humana de ajuste” (R. Barthes citado por Byung-Chul Han, 2015: 14). Es decir, que lo liso produce una sensación de ingravidez en un “sentido desmitificador”, hay una destrucción de la negatividad de lo ajeno y, por lo tanto, no sacude el estado inicial del sujeto: lo pulido “no esconde nada. No hay una interioridad” (2015: 16). Se ha eliminado cualquier alteridad propia de lo distinto y de lo extraño y, tomando la idea de Edmund Burke, un pensador de los inicios de la modernidad, lo sublime queda al servicio del sujeto.

Justamente en esa “sacralización de lo pulido e impecable” se basa lo que Han llama “la religión del consumo” (2015: 17), que lleva a la erradicación de toda negatividad. La estetización del arte, así como de todo producto, en lugar de conseguir derrumbar nuestras creencias se ha amoldado al espectador funcionando como una especie de anestesia. Se ha destruido la mirada porque ya no hay nada que ver más allá de lo pulido: la constante presencia de lo pornográfico ahuyenta la necesidad de imaginar, una obviedad teniendo en cuenta que vivimos en el zoom de los primeros planos. Es pura estética. Hasta lo feo, lo asqueroso, lo obsceno han sobrepasado todos los límites del Yo y lo ajeno y han perdido su negatividad que en el pasado nos agitaba: “Hoy, la industria del entretenimiento explota lo feo y lo asqueroso. Lo hace consumible” (2015: 21). Ya no hay ambivalencia ni secreto, porque todo aquello que no se nos muestra como transparente lo percibimos como sucio, repulsivo. Toda acción, todo cuerpo y todo objeto han sido satinados para alcanzar una visibilidad total.

De esta manera es como nuestro cuerpo entra en crisis –dice Byung-Chul Han– pues se lo ha vaciado de su lenguaje, de su gramática, de su sentido. Con las selfies, es decir, con los primeros planos, el rostro se vuelve “autorreferencial”. En otras palabras, lo que toma importancia es la mera estética, y es ahí donde se pierde el ejercicio de mirar, pues el referente es vacío, inexpresivo, “no contiene mundo” (2015: 26).

Tras la Segunda Guerra Mundial y la teoría del psicoanálisis de Freud, la vida dejó de entenderse bajo un seguido de parámetros esencialistas y, por analogía, lo mismo ocurrió con el concepto de persona. Como resultado, hoy en día nada tiene consistencia, el sujeto se muestra complejo e incoherente, inestable e inseguro, y busca en el selfie una reproducción de sí mismo capaz de explicarle quién es, de qué está hecho, qué contiene en su interior –por supuesto, aunque este intento sea en vano al descubrir su propio vacío. En cierto modo, es como si nos hubiéramos convertido en meros datos, pulidos, tersos y transparentes que carecen de cualquier reserva. Nuestras corporeidades han sido “cuantificadas” y “digitalizadas” para ser intercambiables y consumibles: “la conexión digital interconecta el cuerpo convirtiéndolo en una red” (2015: 28), nos dice el filósofo.

Con el quiebre del otro y su inherente negatividad en lo bello digital, queda rezagada la reflexión sobre el mundo y sobre uno mismo, pues lo pornográfico nos ofrece un contenido inmediato. Lo bello digital es un destello repentino que carece de pasado y de futuro y que responde a una voluntad autoerótica de gustarse a uno mismo. En la era del consumismo, el contacto con lo bello no surge como un reconocimiento o como un reencuentro, como sucede ante lo sublime, caótico, incontrolable y ambiguo de lo bello natural, cuya negatividad y grandeza hace sentir abrumado al ser humano. Lo bello digital permanece en el plano recreativo, en la altanería y la vaciedad del “me gusta”. En cambio, lo bello natural requiere de un esfuerzo en que imaginación y entendimiento deben colaborar para procurar el conocimiento. Frente a eso, según Han, el arte debe parecerse mucho más con lo bello natural que con lo pulido, terso y transparente de lo bello digital; debe hacernos sentir incómodos, debe hacernos reflexionar ante lo desgarrador. 

Por lo tanto, en cierto sentido lo bello natural se contrapone a lo bello digital. En lo bello digital, la negatividad de lo extraño y distinto ha desaparecido en su totalidad y, por lo tanto, no nos provoca ninguna herida que deje paso a la emergencia de nuestros temores y nuestras pasiones. Entonces, “lo bello digital constituye un espacio pulido y liso de lo igual, un espacio que no tolera ninguna extrañeza, ninguna alteridad. Su modo de aparición es el puro dentro, sin ninguna exterioridad” (2015: 41). Es por esta razón que el filósofo sugiere que el arte debe volver a lo bello natural, debe buscar imitarlo para reproducir el lenguaje profundamente enigmático de la naturaleza:

Indeterminado, antitético a las determinaciones, lo bello natural es indeterminable, emparentado en esto a la música. […] Igual que en la música, en la naturaleza resplandece lo que es bello para desaparecer en seguida cuando se intenta fijarlo. (T.W. Adorno citado por Byung-Chul Han, 2015: 42)

Lo bello digital veta toda negatividad de lo extraño, pues solo admite diferencias consumibles con las que poder sacar algún beneficio. Para terminar, Byung-Chul Han lanza esta perturbadora reflexión: 

El mundo digitalizado es un mundo que, por así decirlo, los hombres han sobrehilado con su propia retina. Este mundo humanamente interconectado conduce a estar de manera continua mirándose a sí mismo. Cuanto más densa se teje la red, tanto más radicalmente se escuda el mundo frente lo otro y lo de fuera. La retina digital transforma el mundo en una pantalla de imagen y control. En este espacio autoerótico de visión, en esta interioridad digital, no es posible ningún asombro. Los hombres ya solo encuentran agrado en sí mismos. Byung-Chul Han, 2015: 43).

Cuando la fatalidad de este presagio casi nos había quitado el aliento, hemos hecho un ejercicio de memoria histórica: ¿qué diría Byung-Chul Han de la estética y el arte griegos? ¿O del Renacimiento? ¿Alguien conoce belleza más exultante que la del David de Miguel Ángel? Lo pulido, lo liso, lo terso también marcaban la pauta en muchas otras épocas y, por lo tanto, no son exclusivos de la era del consumismo. Más quisiéramos haber inventado algo y no estar anclados al eterno retorno. El perfecto atleta, que parece haber sido esculpido por los mismos ángeles, funciona como un espejo que refleja la belleza humana, así como hoy día hacen los primeros planos. La imagen de este espejo le confirmaba al hombre –genérico intencionado, siempre– su robustez, su belleza, su poder: cumplía una función autoerótica. Es poco probable que alguien se sintiera incómodo o sacudido al ver la belleza de David. Estamos seguros que su magnificencia hizo sentir abrumado a más de uno, pero la escultura no deja de haber sido construida bajo los preceptos de belleza canónicos de aquella época en que la armonía y la ligereza ingrávida de la perfección dominaban la escena. No encontramos ninguna especie de alteridad ni de negatividad. El David es tan suave, tan liso, lo tenemos tan dispuesto ante nosotros que hasta podríamos relamerlo en un impulso animal repentino. Porque está hecho por y para nosotros, es un igual. Dicha escultura, igual que la de Jeff Koons, se recrea en el “¡Wow!” del espectador, no en la introspección. Y, a pesar de eso, es una de las obras más importantes de la historia del arte.

En conclusión, quizás no resulte que nosotros, hijos de la era digital, no reconozcamos qué es el arte, y quizás tampoco estamos malgastando la belleza en lo impecable y consumible. Quizás se trate tan solo de un momento histórico en que necesitamos un poco de calma en medio de tanto caos. O quizás, como cualquier humano de cualquier otra época, sintamos la necesidad de enaltecer nuestro ego. Estamos de acuerdo en que la afición al “me gusta” es desmedida, y en que el input que recibimos en que lo bello ha sido deformado y reformado por lo digital desestabiliza nuestra salud mental. Pero no estamos perdidos, no necesitamos ser salvados. Necesitamos consciencia, eso sí. Pero al fin y al cabo, somos unos críos intentándose adaptar y aprendiendo a vivir. Dadnos tiempo y nos salvaremos nosotros mismos.

FUENTES:

Han, B.C. (2015). La salvación de lo bello. Barcelona: Herder Editorial.

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