Los tres pasos para ser el escritor ideal, según Borges

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Nota de la autora: Para una mejor lectura del siguiente artículo es recomendable leer «Pierre Menard, autor del Quijote» (1944) de Jorge Luis Borges. Se trata de un texto híbrido que navega entre el cuento y el ensayo, y explica la peculiar historia de un autor que decide escribir –que no copiar ni versionar–  El Quijote en pleno siglo XX. Al mismo tiempo, se desarrolla una doctrina literaria cuyas bases debe seguir cualquier aspirante a escritor. Dichos principios los encontraréis a continuación.

Hacerse un hueco en el mundo de las letras es, sin duda, una tarea un tanto confusa. Sin embargo, tras la cuidadosa lectura de «Pierre Menard, autor del Quijote»  (1944), uno no puede evitar esbozar tres principios fundamentales que, según Borges, configuran al autor ideal, que es aquel que concibe su biblioteca –entendida esta como conjunto de conocimientos, vivencias, lecturas, etc.– como el punto de partida de su obra. 

Antes que nada, se debe recalcar que la intertextualidad es un eje fundamental en la obra de Borges, y la doctrina que diseñó en dicho cuento lo evidencia. Su gran hazaña como escritor no hubiera sido posible sin la recepción de todas sus lecturas: rebosan entre ellas referencias a autores ingleses, ilustres franceses, clásicos de las letras hispanas, obras orientales, de mitología… (Pleitez, 2014). En definitiva, una abundante e interminable biblioteca personal que se ve plasmada en toda su obra a través de citas y resonancias de palabras ajenas que, mezclándolas con lo propio, con sus reflexiones e interpretaciones de estas, consigue componer, “a través de hilos interconectados, esa telaraña variadísima que podemos llamar «sistema literario»” (Jiménez, 2013: 3). 

Por lo tanto, algo indiscutible es que Borges escribe sobre lo que lee, pues fue un increíble lector como reivindica en su poema “Un lector” (1969) (“Que otros se jacten de las páginas que han escrito;/ a mí me enorgullecen las que he leído”), y esto se constituye como la masa madre para empezar una carrera profesional en el mundo de las letras:

  • Como se ha insinuado, para erigirse como escritor, lo primero que uno debe hacer es volverse el lector ideal, y para alcanzar tal propósito, podemos extraer del cuento una somera indicación. Según el autor, el lector atento no debe aspirar nunca a una total identificación con el autor de una obra, pues eso imposibilitaría una interpretación propia del texto y lo convertiría en un lector completamente pasivo. Claro está que esta especie de textos le sirven a Menard para aprender, para tomar nota y, sobre todo, para subvertirlos durante su empresa, más que como modelos para emprender una imitatio.
  • Volviendo al cuento del argentino: la obra “visible” de Pierre Menard “no existe fuera del contexto literario, es una metaliteratura, una reescritura que conlleva una lectura implícita” (Myckho-Megrin, 2010: 64), lo que significa que esta se sustenta en los ecos de sus intertextos, en las voces ajenas que componen la esfera literaria universal, en la que se encuentran George Boole, Luc Durtain, Francisco Quevedo, Carolus Hourcade o Paul Valéry. Por lo tanto, el consejo que se vislumbra sería, ni más ni menos, tener amplio conocimiento de las obras de tus contemporáneos y de tus antecesores, y empezar haciendo pequeñas reseñas, versiones, reescrituras o continuaciones de estas.
  • Siguiendo la insinuación anterior, Borges desarrolla un método de lectura que convierte la literatura –y, consecuentemente, el lenguaje– en una práctica dotada a la vez de temporalidad y atemporalidad (Rabell, 1993: 202). Es decir, aunque el significante no cambie de forma los procesos históricos y lingüísticos ejercen cierto efecto sobre su semántica, por lo cual la participación del lector alerta es sustancial en el proceso de la escritura. Así pues, según Borges, la literatura se revela en el relato como un eco, como una reverberación lejana de una palabra anterior, por más remota que esta se sitúe en el tiempo, y es la función del escritor ideal recuperarla y hacerla suya en sus escritos.

Si este procedimiento ha despertado tu curiosidad, ahora vamos a profundizar en la doctrina que Borges desarrolla a lo largo del cuento híbrido. El método inicial que nuestro autor favorito, Menard, se plantea para llevar a cabo la empresa de escribir El Quijote corresponde con el fallo más común del lector, que es el de intentar asimilarse o integrarse en el autor: “conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes” (1944), pero lo descarta por fácil. Este procedimiento implicaría conocer a la perfección la lengua española del siglo XVII, de las costumbres, de los hechos históricos destacados e incluso de la intención del autor. Sin embargo, esta es una hazaña imposible des del primer segundo, pues “el distanciamiento no es un producto de la metodología y, por ello, algo añadido y superfluo, sino que es parte integrante del fenómeno del texto como escritura y también la condición de la interpretación” (Ricoeur citado por Recoba, 2010: 162), lo que significa que el distanciamiento del lector con el texto, del lector con el autor e incluso, del autor con el texto, es intrínseco al fenómeno literario y, por lo tanto, la pretensión de ponerse en la piel del autor imposibilita al lector de llegar a una interpretación plena y satisfactoria.

Entonces, lo que propone Menard es, nada más y nada menos, que el lector se apropie del texto y lo interprete según las vivencias, las lecturas, los conocimientos, etc. que integren el corpus total de intertextos almacenado en su mente; método final que Ricoeur bautizó como “desplazamiento hermenéutico” (2010: 162). Muy interesante es también la reflexión de Menard, que afirma que su “empresa no es difícil, esencialmente […]. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo” (1944), que remite, sin duda alguna, al eterno retorno de Nietzche y a la idea de que la obra literaria es un ciclo abierto y cerrado cuya interpretación está ligada a la (a)temporalidad del lenguaje y al contexto de lectura de cada lector (1993: 203).

Así, siguiendo la línea de la noción borgiana del lector como elemento imprescindible del texto, que no cobra existencia sin la intervención de un destinatario, la intertextualidad se convierte no tan solo en una técnica de lectura, sino también de escritura y, como sugiere R. Rabell, de esta concepción nace el “escrilector” (1993: 204) personificado en la figura de Pierre Menard. En realidad, el mismo Borges es la viva imagen del “escrilector”, del escritor ideal, pues, como se ha dicho al principio, es un ávido y orgulloso lector. Muchos investigadores, entre ellos R. Rabell y B. Castany Prado, han visto este funcionamiento como directa consecuencia del agnosticismo y escepticismo filosófico de Borges que, a su vez, son los que determinarán esta exploración o esas “indagaciones sobre la naturaleza del lenguaje y la literatura” (1993: 201), concebidas como puras operaciones intelectuales. Y es que, en su escepticismo identitario, Borges niega que exista una esencia inmutable e inherente a las cosas, pues todos –incluso los textos literarios– somos víctimas del paso del tiempo. Con estas acertadas palabras lo explica Myckho-Megrin: “el texto no representa una realidad objetiva y estática, el tiempo tiene el mismo poder sobre él que sobre todas las cosas del universo” (2010: 65); por consiguiente, no existen dos interpretaciones iguales porque “no hay dos instantes iguales”, dice Borges en “El Aleph” (1949).

Siguiendo esta lógica, ni el mismo Borges creía estar dotado de una esencia identitaria inamovible y, de hecho, si hacemos un repaso por sus escritos, vemos que este es un tema que le concierne y le angustia hondamente en un principio, y que termina aceptando como condición intrínseca a la vida humana. Por lo tanto, Borges se niega a caer en la trampa de la “precariedad de la identidad construida y [de] demostrar la existencia de una identidad personal concebida en términos esencialistas” (Prado, 2012: 99) e intenta mantener una actitud abierta y flexible. De esta manera, podemos entender que Borges, el “escrilector”, se equipara con su literatura en cuanto a un cuerpo habitado por varias voces ajenas, por diversos “yoes” y por tener una esencia dinámica y cambiante. Esto mismo es lo que encontramos en “Borges y yo” (1960):

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición.

En vistas de esto, podemos asumir que «Pierre Menard, autor del Quijote» se conforma como un ejercicio para estudiar la naturaleza del lenguaje y la literatura que, como hemos observado, están dotados tanto de temporalidad, pues han sido practicados en un pasado y de ellos se ha configurado diversas tradiciones, como de atemporalidad, en el sentido de que la palabra puede regresar de tiempos remotos hasta el presente para resemantizarse. Además, hemos visto que, según Borges, el autor ideal debe ser un “escrilector”, es decir, un lector alerta que aprehenda de su vasta biblioteca y que se beneficie de todos sus intertextos, sean estos sus lecturas o sus vivencias, y sea capaz de verter toda su esencia –que ya sabemos que es cambiante por el efecto del tiempo– en su interpretación y en su nueva obra. Pero bien, esta, como cualquier otra, es tan solo una humilde y mutable interpretación. 

FUENTES:

C. Prado, B. (2012). «El escepticismo identitario en la obra de Jorge Luis Borges». Anmal Electrónica. 33. 87-105.

M. Jiménez, S. (2013). Jorge Luis Borges: La escritura intertextual. Solución a los problemas del poscolonialismo y la posmodernidad. (Trabajo de fin de Grado no publicado). Universidad de Gerona, Cataluña.

Myckho-Megrin, I. (2010). «La intertextualidad y el problema de la autoría literaria en la obra de Jorge Luís Borges». Transfer: revista electrónica sobre traducción e interculturalidad. 5, (2).62-67.

Pleitez, T. (2014, Noviembre 10). «Borges: cuando la vida es libro y el libro es laberinto – 1ª parte». El Faro. Recuperado de:
<https://losblogs.elfaro.net/la_biografa/2014/11/borges-cuando-la-vida-es-libro-y-el-libro-es-laberinto-1%C2%AA-parte.html>

R. Rabell, C. (1993). «Cervantes y Borges. Relaciones intertextuales en “Pierre Menard, autor del Quijote”». Revista Chilena de Literatura. (42), 201-207.V. Recoba, M. (2010). «Pierre Menard, autor del Quijote: una reflexión sobre la práctica del comentario textual». Apuntes. Revista de Ciencias Sociales. (67), 157-169.

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