El escepticismo y la desesperanza en la sonrisa de Augusto Monterroso

letras2000

Augusto Monterroso nace en Guatemala el 1921 donde vivirá hasta su exilio a México en 1944. Desde entonces, allí establece su residencia, aunque ha pasado varias temporadas en distintos lugares del mundo. Creció en un ambiente intelectual y bohemio, y por su casa circulaban a menudo escritores, poetas, pintores y demás artistas de la época con los que sus padres se codeaban. Debido a su desinterés por las lecciones que les enseñaban en la escuela y a la vagancia infantil, abandonó sus estudios a los catorce años. Sin embargo, esto no mermó sus ansias de conocimiento. El contacto continuo con libros provistos por su familia lo llevó a convertirse en autodidacta y a marcarse un objetivo: ser escritor.

Hoy día podemos decir que ha superado con creces su meta. Ha sido galardonado con el premio Magda Donato (1970) y el premio Villaurrutia (1975). En 1988 obtuvo la condecoración del Águila Azteca de México por su contribución al escenario cultural de ese país. Es autor de numerosas obras, como por ejemplo Obras completas (y otros cuentos) (1959), La Oveja negra y demás fábulas (1969), Lo demás es silencio (1978) y La letra (1987), entre muchas otras. Huelga decir, además, que su obra ha sido traducida al inglés, alemán, polaco, italiano, portugués e incluso al latín.

Como se ha podido ver en la pequeña degustación que hemos hecho en redes de algunos de sus microrrelatos, Augusto Monterroso escoge como género una de las formas más conreadas durante la tradición: la fábula esópica. Se trata de uno de los géneros literarios que permanecen vivos desde sus orígenes en la época medieval, cuando sucintos relatos se transmitían de forma oral, ya fuese en verso o en prosa. Es imprescindible notar que una característica general de estos cuentos es que se basaban en un ejemplo, en un caso o situación normalmente protagonizados por unos animales específicos a los que se les asociaban ciertas características, y que pretendían difundir una moraleja universal que se hacía efectiva en la participación del oyente. 

En las fábulas esópicas contemporáneas, a las cuáles Monterroso se adhiere, hay un cambio en la voluntad retórica, y es que carecen de enseñanza. De hecho, en la mayoría de los casos, se ve favorecida la confusión y se rompen las expectativas del lector –si es que aún mantenía cierta esperanza– con los finales que quedan abiertos. De todas formas, no sería justo negar que de las historias que nos propone el autor podemos sacarle un potente mensaje que critica y cuestiona las estructuras sociales, incitando la reflexión profunda del lector.

En cuanto a la forma de los relatos de Monterroso, vemos que se trata de textos breves, en prosa, simples y austeros que carecen de adjetivos y ornamentos superfluos. Estos se desenvuelven en una anécdota, un chiste o en un proverbio, siguiendo la tendencia de las obras publicadas durante el s. XX. La brevedad y su inherente carácter económico le obligan a construir un lenguaje propio en las que debe prescindir de repeticiones y de expresiones que han quedado obsoletas con el paso de los años (Kleveland, 2002: 131). De hecho, como nos explica Anne Karine Kleveland en su detallado estudio “Augusto Monterroso y la fábula en la literatura contemporánea” (2002), Monterroso solo emplea expresiones propias del s. XX, cercanas a los lectores, además de palabras con doble sentido que cumplen la función de generar ambigüedad y confusión (2002: 131).

Según nuestro parecer, la siguiente fábula, «La Mosca que soñaba que era un Águila», que se encuentra en La Oveja negra y demás fábulas (1969) es un maravilloso ejemplar para mostrar lo explicado anteriormente y, asimismo, abrir paso a las siguientes cuestiones: ¿qué ha suscitado este cambio de intención retórica en la fábula esópica contemporánea? ¿No es ya el contador de cuentos un demiurgo que posee la verdad absoluta?

LA MOSCA QUE SOÑABA QUE ERA UN ÁGUILA

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

En realidad no quería andar en las grandes alturas, o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar las montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

La Oveja negra y demás fábulas (1969). Augusto Monterroso.

Nos encontramos a finales del s. XX: el mundo, al igual que todas las creencias y todas las esperanzas puestas en unos futuros prósperos y brillantes han quedado truncadas. No queda espacio para la ilusión y, en la mayoría de países, tampoco para la libertad debido a las dictaduras emergentes. Se ha roto todo aquello que el hombre –genérico intencionado– había construido hasta entonces. De esta desesperación, de este vacío total, nace el existencialismo, una corriente filosófica que tendrá influencia en muchas de las grandes obras escritas durante la segunda mitad del siglo pasado. 

En este panorama entristecido, los pueblos de alrededor del mundo y, por extensión, sus escritores, están mecidos en una impasible solitud; ya no hay seguridad que los arrope. Están solos en el mundo. Se dan cuenta de que no existen las verdades absolutas, que el mundo está lleno de paradojas, y que el único principio sobre el que se cimenta la experiencia humana es el de la contradicción. 

Podríamos decir, sin demasiado recelo, que Augusto Monterroso es otro hijo del existencialismo, del escepticismo radical. Harto del sistema opresor, en sus fábulas rompe con todo; tan solo se alimenta de la tradición para desbarajustarla y, seguidamente, reajustarla. Renovarla. 

Una de las unidades más importantes que descompone, sin duda alguna, es la del personaje. Como nos explica Kleveland, hay una “disolución de la tipificación clásica de los animales” (2002: 134), además de la aparición de animales atípicos, de animales de la misma especie pero de un estamento social distinto, y de una “intelectualización de los animales” (2002: 134) que se consigue a través del monólogo reflexivo indirecto. Cada uno de estos recursos le sirve a Monterroso para cuestionar la solidez de las antiguas convenciones. De hecho, como afirma el mismo escritor en Viaje al centro de la fábula (1990): “Mis animales son puros pretextos para hablar de la gente y sus aspiraciones y derrotas. Nunca describo un animal, pues todos los que aparecen en mis fábulas son enteramente familiares. […] En cambio, mis animales son todos como mi vecino, buenas gentes” (Monterroso, 1990: 97). Por lo tanto, las historias de Monterroso son la historia del hombre actual: de la alienación, de la frustración, de la insatisfacción, la historia de una identidad fallida. En todo caso, esta es la crónica de nuestra Mosca, ¿verdad? Toda la vida deseando y soñando ser un Águila, sintiéndose insatisfecha con su propia existencia y, luego, cuando lo consigue, tampoco se siente dichosa. En realidad, no tiene ni idea de qué es lo que quiere y es movida constantemente por en principio de la contradicción. Es como si estuviera abocada a la infelicidad.

A pesar del tono burlón que le sirve para desacralizar los personajes, es faena del lector no caer en la trampa. Monterroso, a pesar de hacernos asomar una sonrisa traviesa por debajo de la nariz con cada una de sus fábulas, no es un humorista. Es verdad que para derrumbar las ideas preconcebidas y procurar que el lector genere unas de propias, hace una revisión satírica de los tópicos universales de la modernidad y, para ello, recurre a la parodia –se parodian los errores, las dudas y la insatisfacción del sujeto posmoderno. Estas modalidades discursivas le sirven, sobretodo, para garantizar un distanciamiento entre los personajes y los lectores, asegurándose así que no puedan empatizar con ellos y que entren en un estado de introspección y de (auto)reconocimiento. Al fin y al cabo, ¿cuántas Moscas nos hemos cruzado en nuestra vida? ¿Cuántas han deseado ser el Águila y, al alcanzar su objetivo, han sido presas de la angustia y la tristeza? ¿O cuántas no han fallado en su búsqueda de una nueva identidad, frustrada por fuerzas superiores a la ambición?

En definitiva, Augusto Monterroso no pretende dar ninguna lección de moral, y tampoco se cree una especie de Dios que tiene el deber de reflejar la ley de la naturaleza y de las cosas. El fabulista ya no se concibe como un demiurgo que tiene todo un mundo escrito en la cabeza y que lo plasma en una traducción capaz de ser comprendida por los lectores o los oyentes –es decir, sus súbditos. Sabemos que la vida humana está llena de paradojas y contradicciones, y estamos lejos de creer en las verdades absolutas. No obstante, aún somos amos de la reflexión. Es por eso que Monterroso, desde su posición –que, como todas, es sesgada, oblicua y condicionada– nos entrega una fábula muchas veces pesimista que refleja la realidad dura del sujeto actual en un intento de demostrar que todo es relativo. 

De todos modos, el relato no termina en la lectura. El fabulista le devuelve un puesto de importancia al lector –u oyente– tan olvidado en nuestra tradición literaria, y se espera de él una participación activa. En realidad, se le ha encargado la tarea más difícil: la de pensar, la de cuestionarse todo lo construido, incluso a uno mismo, para iniciar un trayecto de construcción que no tiene billete de vuelta. Qué sosiego, qué angustia, qué inseguridad. ¿Es posible cuestionárselo todo, incluso a tú misme, sin caer en la enajenación? Monterroso nos brinda un espacio para descubrirlo. ¿Te atreves?

FUENTES:

Kleveland, A. K. (2002). Augusto Monterroso y la fábula en la literatura contemporánea. América Latina Hoy, (30). 119-155. https://www.redalyc.org/pdf/308/30803005.pdf

Monterroso, A. (1991). La Oveja negra y demás fábulas. Barcelona: Anagrama. Narrativas hispánicas._____________ (1990). Viaje al centro de la fábula. Barcelona: Muchnik Editores.

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *