Der Vorleser: la culpa y su papel en la superación del pasado

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Nota de la autora: antes de leer el artículo se recomienda leer el libro El lector (Bernhard Schlink, 1995) y/o ver la película The reader (Stephen Daldry, 2008). El artículo contiene spoilers

Parece ser inherente en la naturaleza humana la dificultad de mirar al pasado, seguramente porque, a menudo, nos asusta lo que podamos ver reflejado en él. Sin embargo, nuestro presente es el resultado de nuestras acciones pasadas, y son las decisiones que tomamos en un determinado momento las que nos hacen ser lo que somos hoy. En este sentido, encontramos la novela El lector (1995), un relato parcialmente autobiográfico del escritor y jurista alemán Bernhard Schlink (Bielefeld, Alemania, 1944). Se trata de una historia sobre la culpa y la vergüenza, y sobre los límites a los que puede llegar una persona con el fin de ocultar sus secretos. A través de la relación amorosa entre Michael Berg y Hanna Schmitz, Schlink consigue retratar no sólo la lucha interna de sus protagonistas, sino los sentimientos y las contradicciones de una generación de alemanes, la del 68, que tuvo que enfrentarse a la herencia de la Segunda Guerra Mundial.

La primera parte de la historia se desarrolla en torno al temprano despertar sexual de Michael, un despertar a un mundo alejado ya de la niñez, del calor del hogar, con la figura de Hanna como nueva autoridad, como nuevo soporte para un desarrollo emocional que se ve truncado con la huida precipitada de ella. De este modo, a pesar de continuar con su vida, el recuerdo de Hanna —y la culpa y traición asociadas a él— persigue a Michael, como vemos en la segunda parte, a través del juicio que sirve, no sólo para revisar el pasado nazi de Hanna, sino también la relación entre los dos personajes y lo que ha marcado todas y cada una de las decisiones de ella: el analfabetismo. Finalmente, tras el juicio y la sentencia, Michael “flota” a través de los años, de la vida, con la imagen de Hanna clavada en algún rincón de la memoria, algo que se materializa con las cintas que graba para ella y que llevan a Hanna a la lectura y, por consiguiente, a una conciencia moral que la protagonista no podrá soportar.  

El libro y la historia que éste encierra son la forma que tiene Michael de hacer las paces con su pasado, con las acciones y las decisiones que alguna vez tomó. Esto hace que, como lectores, conozcamos a Hanna únicamente a través de Michael, y que, consecuentemente, sea junto a él que se nos descubra su gran secreto: Hanna es analfabeta. Esta condición condena a Hanna a la vergüenza y a una vida de huida que la lleva primero a ingresar a las SS y, posteriormente, a desaparecer de la vida de Michael. Es esta misma vergüenza la que hace que Hanna acepte en el juicio una culpa que no le corresponde. Por tanto, no se pueden entender las decisiones y la actitud del personaje si se separa a Hanna de su condición de analfabeta. 

En su última conversación con Michael, Hanna siente que sólo los muertos pueden juzgarla, pues sólo ellos la entienden. No obstante, Michael piensa que él sí tiene derecho pedirle cuentas, a condenarla: “¿Acaso yo no podía pedirle cuentas también? ¿Qué había hecho ella de mí?” (188). La relación con Hanna ha marcado cada aspecto de la vida y la evolución de Michael, al que han perseguido la culpa y los remordimientos desde la época en la que la conoció y ella acabó huyendo. Estos sentimientos se mezclan con la rabia que siente el protagonista por lo que Hanna hizo en el pasado, pero no sólo por su pasado nazi, sino por el daño que personalmente le hizo a él. Es así como la Hanna de los recuerdos de Michael se mezcla con la Hanna de los campos de concentración, de la misma manera que la llamada generación del 68 vio como la imagen que tenía de sus padres se rompía, se hacía pedazos para dejar lugar a la rabia necesaria para poder culpar a los cómplices del nazismo. Se rompió así la confianza ciega, el amor incondicional entre padre e hijo, pues amar a los padres significaba amar a los asesinos, un sentimiento que en el caso de Michael es peor porque él “no sólo la había querido [a Hanna], sino que la había escogido” (160).

Y llegamos así al final del libro, al momento en el que Hanna toma la decisión de acabar con su vida. Michael acusa a Hanna de no aceptar su culpa y de no dejar que nadie le pida explicaciones sobre lo que hizo. Sin embargo, al suicidarse, ¿no está ella aceptando su culpa?, ¿acaso Hanna no es consciente, al final, de lo que realmente hizo? La Hanna analfabeta no podía juzgar sus acciones porque carecía de una conciencia moral; la Hanna analfabeta no abrió la puerta de la iglesia, condenando a la muerte a las mujeres encerradas dentro, porque no supo, no fue capaz de tomar una decisión, de tomar el control. El analfabetismo es, para Hanna, “una especie de minoría de edad eterna” (176), y es la lectura la que le permite juzgar su pasado, un pasado plasmado en los libros que lee de las víctimas y del Holocausto, un juicio de conciencia que la lleva al suicido. Sin embargo, en el caso de la adaptación cinematográfica que hizo Stephen Daldry en 2008, Hanna simplemente aprende a leer, y es la culpabilización por parte de Michael lo que la lleva a tomar la decisión de acabar con su vida. Por tanto, la Hanna que interpreta Kate Winslet nunca llega a adquirir una conciencia que le permita responsabilizarse de su pasado; si no hay conciencia, no puede haber remordimientos. 

Sería tan fácil poder relacionar fenómenos como el nazismo únicamente con una cúpula concreta de personas; sería tan fácil poder decir que el Holocausto fue posible porque unos cuantos locos decidieron perpetrar actos inhumanos movidos por un odio inherente en ellos. No obstante, tener esta idea es, una vez más, relativizar la historia.  Aquí reside la importancia de recordar lo que pasó: recordar para entender, entender para aprender. Ya no vale decir que lo que pasó pertenece al pasado, ya no vale recurrir a la política del olvido y a la necesidad de mirar únicamente hacia el futuro. Porque caminar hacia el futuro sin mirar y entender el pasado, apostar por una política del olvido y del silencio, sólo puede llevarnos a cometer los mismos errores. La realidad es que el Holocausto fue posible porque miles y miles de personas llegaron a interiorizar una realidad que les permitió llevar a cabo de forma sistemática el exterminio de millones de personas. La cuestión es cómo juzgamos y digerimos este hecho. 

Cuando el gran público piensa en un nazi, a menudo visualiza un monstruo, una persona si se puede llamar persona— cruel, despiadada y llena de odio. Schlink, por el contrario, nos presenta una mujer, Hanna, que sirvió como guardiana en un campo de concentración y cuya gran característica es su analfabetismo. Lo que personalmente más me llamó la atención es que este personaje consigue representar, sobre todo durante el juicio que tiene lugar contra ella y algunas de sus compañeras, lo opuesto a lo que “tradicionalmente” asociaríamos a un nazi. En su ensayo Culpa organizada (1944), Hannah Arendt apunta ya al que ella llama padre de familia como pieza clave para poder entender el engranaje que conformó la maquinaria de exterminio en la que se apoyó el régimen de Hitler. En el libro, la propia Hanna se lo pregunta al juez: “A ver, ¿qué habría hecho usted en mi lugar?” (Schlink 105). ¿Qué habríamos hecho ninguno de nosotros en su lugar? ¿Podemos considerarnos mejores que Hanna? ¿Podemos vanagloriarnos de ser héroes que se hubieran opuesto al nazismo, al populismo de masas? Quedémonos con la duda. En este sentido, cuando hace años vi la película La Ola (2008), adaptación a la pantalla de un experimento real, no fui realmente consciente del significado detrás no sólo del movimiento que el profesor, el líder, es capaz de crear, sino de la facilidad con que se crea dicho movimiento. La historia se repite una y otra vez, y parecemos incapaces de aprender de ella.

En El Lector, Bernhard Schlink cuenta una historia sobre la conciencia del ser humano y la cuestión en torno al papel de la culpa —individual y colectiva— y los remordimientos en la vida de una persona. Algunos críticos han subrayado el hecho de que Schlink dé una imagen demasiado humana de una asesina, de Hanna, pero como él mismo responde: “si aquellos que cometieron crímenes monstruosos fueran monstruos, el mundo sería fácil”. En El lector se subraya la complejidad de la consciencia y de los sentimientos humanos, la importancia de nuestras decisiones y la dificultad que a menudo encontramos para entenderlas y hacernos responsables de ellas. Porque mirar al pasado significa ser conscientes de los errores cometidos, significa buscar unas respuestas para las que no siempre estamos preparados pero que, a pesar de todo, son necesarias. 

Todos los fragmentos de El lector usados en este artículo han sido sacados de la siguiente edición: Schlink, B. (1997). El lector(Joan Parra Contreras, trad.). Barcelona: Anagrama. (Obra original publicada en 1995). 

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